Erase una vez…

Marina jugaba en la playa cada día. De las conchas de mar que encontraba hacia largos collares, a ratos, sumergía los pies en el agua o construía castillos con la arena mojada que dejaba caer entre sus dedos, formando curiosas columnas retorcidas. También daba parte de su merienda a Rosita, la gaviota que cada día le hacía compañía,  le llamaba así por el precioso borde rosado de su pico, Marina era feliz en su playa…

Sin embargo, no había día que Marina no mirara hacia la montaña que emergía majestuosa al pie de la playa, los colores del atardecer sobre las rocas y los árboles hacían fantasear a Marina, quien imaginaba mil aventuras nuevas si se decidía a subir por ella, ¿ Qué le esperaba en la cima?…seguro que sería fácil subir por el sendero, ella era una chica valiente y fuerte y en un plis plas estaría contemplando su playa desde arriba.

Una mañana Marina, por fin decidida, inició el ascenso hacia la montaña, su pequeño corazón iba lleno de alegría, se fijaba en cada planta del camino, vio flores azules, mariposas de colores y un sin fin de aromas le llegaban a la nariz, tomillo, romero, incluso, olor a vainilla, que no sabía muy bien de donde salía, pero que le recordaba al bizcocho que hacía su madre.

Marina estaba pasándolo tan bien que no se dio cuenta que el Sol estaba ya muy alto, sudaba y tenía sed, sus pies, acostumbrados a la suave arena tropezaban una y otra vez con todas las piedras que encontraba a su paso, estaba cansada y,  poco a poco, se dio cuenta que la montaña no era tan divertida como parecía, que estaba lejos de su playa, que no iba a ser tan fácil subir y que en realidad lo que ella  quería era volver a la arena, a la orilla del mar, ¿ qué más le daban la plantas azules o las mariposas de colores ?, ella quería bajar, empezó a llorar…

El Sol se oscureció un instante sobre la cabeza de Marina, era Rosita, su gaviota amiga, ella sabía que si la seguía la llevaría de nuevo a la playa y al pensar en ello sonrío por primera vez en mucho rato, impaciente y dispuesta a bajar enseguida, se dio cuenta que Rosi no volaba hacia la playa, volaba hacía arriba, hacía la cima…

Marina, al principio malhumorada no lo entendía, ¡¡ella quería bajar, volver a su playa!! y en lugar de eso, los graznidos de Rosita la perseguían, la hacían avanzar y con su precioso pico rosado parecía hablarle animándola a continuar…

Así, poco a poco, deteniéndose para descansar en la roca que Rosita le indicaba, pero sin perder de vista su objetivo, Marina fue subiendo, metro a metro, piedra a piedra, hasta que al fin se dio cuenta que lo había conseguido, allí estaba, en la cima, contemplando su playa desde arriba…

No se cual de las dos estaba más contenta, si Marina saltando de alegría sin acordarse ya de su cansancio o la gaviota Rosita con  su aleteo acompañado de mil graznidos que llenaban el aire de la montaña…

Marina volvió a su playa al día siguiente, pero volvió sabiendo que había sido capaz de subir a la montaña y podría volver a hacerlo cuando quisiera…

Eso es lo que encontrarás en el Coaching, el proceso para hacer posible tu objetivo y, en mí como tu Coach, a la gaviota Rosita que te dará las herramientas para que lo puedas conseguir.

Con Spazio Coaching, se suben montañas…foto dar comer gaviota facebook

 

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